Primo Incontro

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Acabo de recibir una mala noticia: uno de mis tíos acaba de fallecer. Se llamaba Ricardo. Mi tío Ricardo (conocido también como el Junior) tenía cincuenta y ocho años y era hermanastro de mi madre y sus hermanos. Su padre y mi abuela materna decidieron un buen día que se gustaban y que debían darle gusto al cuerpo y, en consecuencia, vivir juntos, mandando al carajo a sus respectivas parejas, divorciándose de ellas. De esa manera, Ricardo comenzó una relación de hermanos muy cercana con mi madre y mis tíos siendo adolescentes, al grado que ninguna persona que se acercara a ellos se imaginara por un momento que en realidad se trataba de una relación de step brothers. Compartieron secretos, parrandas, desmadres y la iniciación en muchas aventuras; buscaban discos juntos, ligaban juntos (no es por algún secreto mecanismo de defensa, pero diré que mi madre se mantenía al margen de todo esto siendo siempre espectadora, por su condición de mujer única del grupo), se defendían juntos y hasta trabajaban juntos. Llevaban una relación más cercana que muchos hermanos de sangre que yo conozco.

Siempre he dicho que todos tenemos un tío de cada tipo: está el tío vergas, aquél que es el modelo a seguir para la bola de sobrinos cagones; el que llegó a la universidad, el que se hizo rico rápidamente (generalmente es el abogado, el contador o el comerciante) y que, por lo general, cuenta con el respaldo total de los viejos para ser el sucesor al trono de patriarca del clan. Es el que se siente con la autoridad suficiente para etiquetar a los sobrinos y de alguna manera significarlos desde morros diciendo “ese cabrón va a ser igual de vergas como su tío (yo), aquél otro va a terminar siendo narco y ese otro se me hace que va a terminar volviéndose maricón”, con el aval de casi toda la familia.

También está el tío castroso o amargado. Es ese güey que por extrañas circunstancias le fue de la verga en la vida y que no logró acercarse ni de lejos a los logros y conquistas emprendidas por el tipo vergas. Las viejas le escasearon o terminaron engañándolo; no pocas veces deslumbradas por el éxito del hermano “exitoso” (disculpa el entrecomillado), fue éste quien terminó acaparando a las pompis circundantes, y bueh, sobra decir que entre estos dos hermanos hubo y hay algún tipo de rivalidad secreta o manifiesta. El amargado carga con el lastre de ser siempre el plato de segunda mesa y generalmente trata a los sobrinos bien como cagada, o bien como le hubiera gustado que lo trataran a él de morro: los escucha, da consejos y sirve de guía y confidente. En mi particular caso, mi tío amargado fue un rompe sueños que todo lo medía con el rasero del dinero y para el cual la vida tenía significado si nos parecíamos a su hermano exitoso: intentó repetir esa historia de success inscribiendo a sus hijos en la mismas escuelas de su hermano y dándoles dinero a manos llenas. Terminaron creciendo y madreándolo cuando dejó de aflojarles el camarón suyo de cada día al que estaban acostumbrados.

No tengo demasiados tíos, así que describiré al siguiente y último tipo: el desmadroso. Este cabrón tiende a hundir el pie en el acelerador del auto aunque vaya de bajada; le encanta el chupe, es carismático, y sin importar cuántos años tenga, la gente le calcula, mínimo, cinco años menos. Puede que su inteligencia le permita ser todo un handyman y, aunque no haya logrado colarse hasta la universidad, ha leído mucho y (este es un dato de vital importancia) conoce mucho de música. No se conformó con escuchar el pop y la ranchera típica y del gusto del hermano vergas; tampoco se quedó con el coro de “ella se llamaba Marta, ella se llamaba así” de la balada ridícula del hermano amargado, sino que, de buenas a primeras, llegaba a sorprendernos (me incluyo totalmente, a pesar de que tenía escasos y flacos siete años) restregándonos sus entradas para el próximo concierto de Peter Gabriel o Yes, y de presumirnos sus viniles de Deep Purple y Led Zeppelin, de Pink Floyd y de Il Balletto di Bronzo, o una foto que recuerdo vivamente de él mismo encerrado en su cuarto con pósters de variados músicos y bandas que en la vida había yo escuchado. Este tío desmadroso era el que, cuba en mano, resultaba irresistible para las tipas que en algún momento en que se aburrían de escuchar el monólogo del hermano vergas (“soy bien vergas, ¿ya te he dicho qué tan vergas me consideran todos estos pendejos?; no me digas que no soy una verga”) se desafanaban y se acercaban a conversar con este cabrón y todas sin excepción acababan riendo a carcajadas al son de la plática del tío desmadroso. Por ahí dicen que la vía más rápida de acabar metido en los pantalones de una mujer es la risa: mi tío el Junior era el campeón de los chamacos ilegítimos y nada parecía hacer decaer su ánimo nunca. Siempre estaba haciendo algún comentario sarcástico o pitorreándose de la gordura de su hermano vergas, o de pronto llevándose al amargado a chupar y consiguiéndole alguna pompi para que no se le marchitara el cuaresmeño. Yeah. Mi tío Ricardo, el Junior, era el tío que más queríamos los sobrinos, era nuestro propio y privado tío desmadroso.

No deja de sorprenderme cómo las cosas terminan rompiéndose, destruyéndose, bien por el paso del tiempo o bien por nuestras negligencias, estupideces y nuestro inefable ego, siempre presto para hacernos actuar a la defensiva y a ver al enemigo fuera de nosotros, cuando en realidad lo traemos dentro. Mis tíos no pudieron superar rencillas que poco a poco acumularon conforme fueron creciendo y (es un decir) madurando, al grado en que terminaron peleándose todos y mandándose a donde no se debe mandar a nadie por pendejadas. Al Junior le perdí la pista desde hace más de seis años, cuando decidió dejar de tener contacto con la empresa familiar y cansado de que de un tiempo a esa fecha se le considerara un simple empleado, y ni siquiera ya como hermano. No tardó en encontrar empleo, pues tenía muchos contactos y sabía moverse; siempre tuvo eso que se llama “don de gentes”. Finalmente decidió regresar hace unos meses; ignoro las razones que tuvo, pero no deja de parecerme escabroso que hubiera regresado para morir poco tiempo después, justamente el día de hoy. Tuvo un accidente en el cual resultó arrollado por el trolebús, siendo arrastrado varios metros, lo cual le generó múltiples hemorragias internas y un derrame cerebral del cual, junto a la diabetes que sufría desde hace quince años, no pudo recuperarse jamás.

Qué jodido sentimiento es este de “¿por qué no pasé más tiempo con él?; ¿por qué no retomé el contacto?; ¿qué he estado haciendo todo este tiempo?”. La vida es una mierda tan frágil que se escapa a la menor provocación, como un gato que está en tu regazo y en un segundo brinca y salta por la ventana sin avisarte. Perdí a mi tío desmadroso y a quien quise más que a los otros y ahora debo conformarme con decirle adiós por última vez antes de que lo entierren. He estado perdiendo a mucha gente últimamente y no precisamente porque estén muriendo, sino porque estoy haciendo las mismas pendejadas que hicieron mis tíos antes de este lamentable suceso: pelear por estupideces, anteponer al ego y esperar la reacción del otro para ver con qué nueva pendejada más agresiva responde uno. Yo, en este caso. En algunas supongo que es muy tarde para retomar el contacto; decidieron alejarse definitivamente (sus acciones me dejan entrever esto) y extinguir todo vestigio de relación, mientras que otras… no sé, supongo que deberé dejar que el tiempo haga lo propio y no fastidiar las cosas que llevo de ellas aquí dentro, pues, si el tiempo ya se encarga de arrasar con todo, no necesitamos arrojar gasolina innecesariamente a los recuerdos y las cosas chingonas que vivimos con la gente que se encuentra junto a nosotros en un instante preciso en el tiempo.

Dejo de llorar. Lo mejor que puedo hacer en este momento es tomar algo de la genial actitud del Junior y disfrutar la vida con la gente que tengo en este momento y… escuchar algo de la estupenda música que, sin siquiera imaginarlo ni proponérselo, me heredó.

– Wolfgang McNulty_

E-mail: su.satanica.majestad@gmail.com
Twitter: @juli_gan

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