Fuera del paraíso

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Me despierto todos los días para ir al trabajo pensando la misma mierda: oh, carajo, ahí va a estar ella. Lo que hace unos meses me hacía mover las nalgas al doble de rápido para bañarme, peinarme, zorrajar el cepillo de dientes hasta las amígdalas para mantener el hocico fresco, rasurar mi bigote (ralo) y buscar la camisa que me hiciera ver más papaw ahora se ha convertido en una frase que sale desde el fondo de mis caprichosos intestinos y que me hace tardarme más tiempo en la regadera sin siquiera haberme introducido la punta del estropajo en el ano para remover los restos de la caca matutina: oh, carajo, ahí va a estar ella.

Decía Ruy Xoconostle en esa preciosa mini joya de la literatura mexicana que es “Pixie (3)”, en el diálogo que sostienen dos de los protagonistas:

– ¿Nunca tuviste miedo de tener problemas por meterte con alguien de la oficina?
– Querido, siempre hay problemas. Preferible tenerlos con un buen acostón.

No dudo de Ruy, ni de la sabiduría de quien haya proferido la última frase del diálogo citado (considero justo conferirle vida propia a las creaciones del sujeto que haya tenido los huevos o la falta de precaución de haber creado por medio de su escritura a alguien que parece pensar por sí mismo); lo único que digo es que a mí me está llevando la chingada porque, para ser la primera vez que me meto con alguien que trabaja en el mismo sitio que yo, siento que desde que todo terminó hace más de dos meses, es como si hubiera perdido mi lugar dentro de ese microcosmos donde paso ocho horas al día, cinco días a la semana aplanándome las nalgas, pues es lo mismo que debió haber sentido el buen Adán cuando Dios lo corrió a la verga del paraíso por andar haciendo caso a lo que la cabrona de Eva le dijo: “chíngate una manzanita. Total, siempre hay problemas”.

Meterse con alguien del trabajo es una cosa de lindos, tampoco voy a quejarme de todo. No tiene madre estar bien vigilados por algún jefe, o por las cámaras de seguridad, o por los soplones de tus colegas, y de pronto acercarte a tu pompi y meterle una mano en el sostén mientras le plantas un beso furtivo que le destape las muelas del juicio (si las tiene). De hecho, cuando sea vicepresidente de la compañía, decretaré que todos los días, todos los empleados deberán darse diez minutos para darse un faje hasta ruborizarse o mojarse los calzones -lo que ocurra primero-, pues en mi particular caso descubrí que hacer eso hacía que las ocho horas que pasaba ahí adentro (de la oficina) se me fueran más rápido y que, paradójicamente y contra lo que pudiera pensar cualquier CEO obsesionado con la productividad, hacía mejor mi trabajo y los clientes podían sentir mi sonrisa aunque se encontraran de viaje en Estambul.

Salir de la oficina y esperar pacientemente a tu pompi para llevártela a chupar, al cine o a terminar bien lo que empezaste con los besos y las dedeadas de camel toe es algo que ningún godínez que se precie de serlo debería perderse. Oh, sí. Lo recomiendo ampliamente. Más aún si eres soltero y no tienes a nadie que te esté chingando por teléfono reclamando tu presencia. Compadezco un poco a esos pobres desgraciados que tienen que estar viviendo una doble vida y midiendo el tiempo para repartirlo apropiadamente entre sus obligaciones maritales y la pompi de la oficina. De verdad espero nunca tener que estar en esa jodida, miserable situación. Que no te creas, amigo, si tu estás en ese caso: si ya te han echado del paraíso, la filosofía que te queda es decir: a chingar a su madre. Tengo ganas y me voy a servir; con permiso, ábranse a la verga.

Todas las relaciones tienen su puntos álgidos y sus bemoles, sus crestas y sus valles, sus… Bueh, ya me han entendido. Antes de que yo me involucrara con esta chica de la oficina había sido testigo de algunos casos de pendejos que habían terminado dando las nalgas desesperadamente por colegas putitas hasta el punto de dar por terminados sus matrimonios de toda la vida. Otros, en cambio, simplemente se hartaban de la pompi y se conseguían a otra nueva, o se daban unas merecidas vacaciones de panocha antes de que se les secara el chile o cuando eso amenazaba su posición en el trabajo. O cuando la vieja empezaba a crearles problemas con su familia o en la oficina misma. En ambos casos, claro, se quedaron sin la pompi. La diferencia es que en uno de los escenarios los tipos utilizaron el cerebro y en el otro decidieron que lo mejor era utilizar la víscera.

Dar por terminada una relación debe ser siempre algo que duele en alguna medida. El tema, creo, es considerar que no sólo se está terminando una relación con una persona, sino considerar también que esa persona seguirá estando presente en un lugar que, según las estadísticas, es donde se pasa más tiempo que en ningún otro (rivalizando con el sitio 789 de la fila de autos en medio del tráfico, de camino a la casa) hasta que a alguno de los dos lo corran, o se cambie de área, o muera. Y ya que desear la muerte de alguien es un método que considero un poco radical, se necesita hacer acopio de sensatez y decir: bueno, easy comes, easy goes. Se acabó la fiesta (es la misma frase que aplico cuando la droga se ha terminado y aún así quieres un shot más, aunque conseguirla ya es imposible); es hora de dormir, de moverse o de conseguirse otra pompi de oficina.

Sobre todo, eviten enmorarse de la pompi. No es que sea una cosa que sea exclusiva de la oficina. Sólo digo que, si mantienen la cosa en un nivel de diversión y simple goce, las cosas serán más suaves de lo que se vuelven cuando se vean en la penosa necesidad de terminar una relación en la cual se dan cuenta de que están involucrados algo más que un par de vísceras. Desarrollar afecto y preocupación por una persona conlleva riesgos; sólo piénsenlo dos veces e imagínense que, por complicaciones derivadas de una relación fallida, estén en el escabroso escenario de firmar una renuncia o, como es mi simpático caso, recordar los viejos buenos tiempos en que la pompi era la mejor amiga de la oficina a quien saludabas antes que a todos oliendo su cabello y fantaseando “¿qué tal olerá su coño?”.

Así se siente estar fuera del paraíso.

– Wolfgang McNulty_

E-mail: su.satanica.majestad@gmail.com
Twitter: @juli_gan

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Una respuesta a Fuera del paraíso

  1. Sugxie dijo:

    Pues si, entiendo perfecto ese sentimiento, esa frustración y pérdida que no te permite estar nunca más a gusto

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