Plegaria

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Proclama mi alma la grandeza del Señor y se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador.

Lo confieso. Nunca he sabido decir “gracias” ni mirar a mis interlocutores. Sé que suena gastado, vano y estúpido pero… soy un misántropo. ¿Cuándo me di cuenta de ello? No lo sé. Simplemente, en algún momento, una inmensa y terrible nausea se apoderó de mí, acrecentándose al tiempo e influjo de mis interacciones humanas.

Podría decir que he vivido en tierras de invidentes. Desde el más remoto recuerdo que tengo, las experiencias se suceden una tras otra como los negativos que se arrollan en una lata de película. Pero es una película que nadie, ni mi madre, querría mirar. También ella nació ciega. También ciega murió.

A los cinco años, me lancé a lo que fue mi primer tentativa de establecer un vínculo amistoso. En la esquina de mi calleja, vivía Argenis, un chiquillo de mi edad lleno de pecas y bastante famélico. Su madre lo llevaba diariamente al colegio enfundado en una especie de gabardina fabril, tosca, raída, deprimente. La mirada de Argenis siempre estaba en un lugar cualquiera, solo que ese lugar nunca era aquél en el que su cuerpo y el de su madre se balanceaban como renqueando sobre el duro pavimento. Haría cuestión de meses que los observaba en su diaria soledad, yendo y viniendo sin más compañía que la que se prodigaban a sí mismos. Por mi parte, no podía presumir una mejor suerte; la soltería de mi madre y su terca convicción de que podía criarme sola, la mantenían en una especie de esclavitud pasiva y provisora. Pasaba solo dieciocho horas al día, hasta que mi madre llegaba y sumamente exhausta, se tiraba a dormir. Fue en la soledad de mi cuarto, que aprendí a escuchar la marcha de las hormigas, su paso marcial, sutil.

 A riesgo de crudas reprimendas, a veces salía de casa y caminaba por las callejas del barrio San Antonio. Era este barrio, con sus construcciones antiguas y el río que lo cruzaba, mi favorito. Fue allí donde a la postre, viviría mi breve vida a lo Maldoror, aprendiendo a renegar de la vida, a odiar al hombre, esa plaga humana que todo lo devora y excreta sin digerir. Una de aquellas mañanas en que la escarcha de Enero cubre los árboles, encontré a Argenis sentado en una banquilla, tenía el cuerpo recto y la barbilla levantada como si venteara algún aroma. Pasé juntó a él, me volví y finalmente me planté frente suyo. Miré sus ojos platinados y su tez salpicada de manchones cafés. Hablé:

–Hola

Sin respuesta.

–¿Cómo te llamas? – Espeté

Nada. Expectante, permanecí cerca de dos minutos. Decidí romper el silencio. Así que grité:

–¡Vete a la mierda! 

Y así concluyó mi experimento de socialización más temprano. Porque Argenis además de sordo, era ciego. Ciego murió.

Llegué a la adolescencia en una convulsión sentimental tristemente hierática. La ausencia de amistades y una continua encerrona me redujeron a una solemnidad espantosa, de carácter acre y abulia corrosiva. Los condiscípulos evitaban toda compañía mía, viviendo en un mundo en el que yo no existía y si, a pesar de la nausea osaba acercarme y lanzar un saludo, los veía segregarse sin que mis palabras tuvieran efecto. Refugieme en mi condición fantasmal, en el intensivo acumular de lecturas oscuras y paseos en solitario.

Tiempo después, vagando por lo que quedaba del barrio San Antonio conocí a Matiana. Cuerpo grácil, senos firmes, la boca pequeña. Una piel chocolate y la cabellera crespa. Tuve que robarle a mi madre el sueldo de dos días para poder estar con ella. Sí, Matiana era una puta. Pero una puta divina, una Magdalena. La frecuenté, la ensalcé, la redimí, la erigí de mulata hetaira a divino arcángel de mis anhelos. Pero tampoco para Matiana eso importaba,  porque sólo atendía y amaba la crueldad de su proxeneta. A mí no podía verme. Estaba ciega. Y ciega murió.

La cruel incapacidad del hombre de ver a su semejante se posaba en aquellas personas que elegía como  redentoras. No había alternativa, nadie era capaz de ver a nadie y mucho menos a mí. Un intenso odio apresó a mi conciencia, alma y corazón. Renegué, blasfemé, me revolqué en el lodo y maldije mi condición humana.

Hoy me encuentro aquí Señor, pidiendo tregua a mi eterno sufrimiento, en busca de tu gracia y atención.

Si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela: más vale entrar manco en la Vida que con las dos manos ir al fuego que nunca se apaga. Lisiado, entrar al Paraíso completamente mutilado, porque Marcos en nombre de Nuestro Señor así lo sentencia.

Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo: más vale que entres con un solo ojo en el Reino de Dios que ser arrojado en la gehena con los dos ojos. Y los ojos que no ven, ¿cómo podrían ser ocasión de pecado? ¿Cómo redimir a estos órganos que conservo conmigo desde el día que los arranqué de las cuencas de sus depositarios? ¡Oh, Señor, en nombre de San Marcos ruego des misericordia a mi furor! ¡Sólo quería que me miraran! ¡Sólo quería dejar de ser invisible a esos ojos que me negaron su luz! Porque he vivido en tinieblas, porque nunca ojos algunos osaron mirarme. Oh, y los ojos de mi madre.  ¡Tan bellos, tan diáfanamente bellos y ciegos para mí! ¡Porque no quisieron mirarme ni aun cuando el velo del sueño se descorrió frente a ellos para ver, en cambio, el  punzón agudo y terrible que los extirpara!

Mis ojos están gastados de sufrir; se han envejecido a causa de todos mis angustiadores. De nada sirven mis ojos en tierra de invidentes. Toma Señor, a cuenta del Paraíso, mis cuencas vacías.

Confieso me perdonarás por tu infinita misericordia.

– Jorge Luis Santiago Cabrera

Contacto:

E-mail: jorgeluis_sac@hotmail.com

FB: facebook.com/georgie.santis

 

 

 

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