Live Aus Berlin

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Esta semana se cumplen 15 años desde que Rammstein grabará su primer concierto en vivo. Sería lanzado casi un año después con el mítico nombre “Live aus Berlin” en CD, DVD y VHS.

Este disco/video tiene una historia muy especial en mi vida. Fue el primer disco que pasó más de un día en mi entonces stereo AIWA. Mi amigo Noé me lo presto y de ahí en adelante todo fue historia.

Rammstein como banda y “Live aus Berlin” como disco, dieron inicio a una de las épocas más importantes de mi entonces corta vida. Gracias a esto, pude conocer a personas muy importantes y quiero pensar que sin las consecuencias de esta mágica dupla banda/disco mi vida sería muy distinta.

Pero regresemos al tema principal. El cumpleaños número XV de este grandioso pedazo de historia musical (al menos para mí). “Live aus Berlin” nos presentó por primera vez, con edición y todo a Rammstein en vivo, quienes redefinirían el concepto de lo que tiene que ser un concierto en vivo.

En la misma vena de grandes discos en vivo, como Alive de Kiss (1975), MTV Unplugged in New York de Nirvana (1994) y más recientemente, S&M de Metallica (1999), “Live aus Berlin” mostró al mundo una cara de Rammstein completamente diferente a la de sus discos de estudio. Una cara más intensa y cruda pero a la vez más sensible, más real.

Al mismo tiempo nos dio a los que así decidimos aceptarlo, un motivo para enamorarnos incondicionalmente y sin reparo de esa banda lejana y extraña, exótica pero a la vez familiar.  Escuchando este CD de nuevo (que vi en VHS unas 500 veces) puedo reconocer con increíble nitidez los momentos que acompañaron muchos de los instantes de mi entonces corta vida.

Los flashbacks son constantes: la sangre en la frente de Till (vocalista de Rammstein) en Bestrafe Mich; la mágica falla en la filmación de la pirotecnia en Weisses Fleisch; el idealizado y patriotero grito de “Mexiko” en Sehnsucht; los micrófonos en llamas, los sombreros, el falo lanzando esa “misteriosa agua blanca” en Bück Dich. Y así podría seguir narrando momento a momento cada una de las cosas que recuerdo de este monumental concierto hasta llegar a la loquísima y encabronada edición en Leichzeit y Wollt Ihr Das Bett In Flammen Sehen? Y bueno… Seemann, que nos mostro por primera vez a Flake navegando entre un mar de gente.

Hoy en día Rammstein es uno de los actos en vivo más respetados y solicitados del orbe. Mucho ha cambiado y según mi opinión, para bien. Pero el constante cliché “en mis tiempos” me condiciona un poco y me acerca al evidente fanboyismo.  En 1999, con 18 años, Rammstein y “Live aus Berlin” me parecían lo más increíble sobre la faz de la tierra. El día de hoy yo también he cambiado y creo que para bien.

Dejémoslo en que tenemos edad suficiente para levantar una copa para brindar por Rammstein y su espectacular quinceañero, “Live aus Berlin”.

¡Salud!

– Erik García

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Primo Incontro

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Acabo de recibir una mala noticia: uno de mis tíos acaba de fallecer. Se llamaba Ricardo. Mi tío Ricardo (conocido también como el Junior) tenía cincuenta y ocho años y era hermanastro de mi madre y sus hermanos. Su padre y mi abuela materna decidieron un buen día que se gustaban y que debían darle gusto al cuerpo y, en consecuencia, vivir juntos, mandando al carajo a sus respectivas parejas, divorciándose de ellas. De esa manera, Ricardo comenzó una relación de hermanos muy cercana con mi madre y mis tíos siendo adolescentes, al grado que ninguna persona que se acercara a ellos se imaginara por un momento que en realidad se trataba de una relación de step brothers. Compartieron secretos, parrandas, desmadres y la iniciación en muchas aventuras; buscaban discos juntos, ligaban juntos (no es por algún secreto mecanismo de defensa, pero diré que mi madre se mantenía al margen de todo esto siendo siempre espectadora, por su condición de mujer única del grupo), se defendían juntos y hasta trabajaban juntos. Llevaban una relación más cercana que muchos hermanos de sangre que yo conozco.

Siempre he dicho que todos tenemos un tío de cada tipo: está el tío vergas, aquél que es el modelo a seguir para la bola de sobrinos cagones; el que llegó a la universidad, el que se hizo rico rápidamente (generalmente es el abogado, el contador o el comerciante) y que, por lo general, cuenta con el respaldo total de los viejos para ser el sucesor al trono de patriarca del clan. Es el que se siente con la autoridad suficiente para etiquetar a los sobrinos y de alguna manera significarlos desde morros diciendo “ese cabrón va a ser igual de vergas como su tío (yo), aquél otro va a terminar siendo narco y ese otro se me hace que va a terminar volviéndose maricón”, con el aval de casi toda la familia.

También está el tío castroso o amargado. Es ese güey que por extrañas circunstancias le fue de la verga en la vida y que no logró acercarse ni de lejos a los logros y conquistas emprendidas por el tipo vergas. Las viejas le escasearon o terminaron engañándolo; no pocas veces deslumbradas por el éxito del hermano “exitoso” (disculpa el entrecomillado), fue éste quien terminó acaparando a las pompis circundantes, y bueh, sobra decir que entre estos dos hermanos hubo y hay algún tipo de rivalidad secreta o manifiesta. El amargado carga con el lastre de ser siempre el plato de segunda mesa y generalmente trata a los sobrinos bien como cagada, o bien como le hubiera gustado que lo trataran a él de morro: los escucha, da consejos y sirve de guía y confidente. En mi particular caso, mi tío amargado fue un rompe sueños que todo lo medía con el rasero del dinero y para el cual la vida tenía significado si nos parecíamos a su hermano exitoso: intentó repetir esa historia de success inscribiendo a sus hijos en la mismas escuelas de su hermano y dándoles dinero a manos llenas. Terminaron creciendo y madreándolo cuando dejó de aflojarles el camarón suyo de cada día al que estaban acostumbrados.

No tengo demasiados tíos, así que describiré al siguiente y último tipo: el desmadroso. Este cabrón tiende a hundir el pie en el acelerador del auto aunque vaya de bajada; le encanta el chupe, es carismático, y sin importar cuántos años tenga, la gente le calcula, mínimo, cinco años menos. Puede que su inteligencia le permita ser todo un handyman y, aunque no haya logrado colarse hasta la universidad, ha leído mucho y (este es un dato de vital importancia) conoce mucho de música. No se conformó con escuchar el pop y la ranchera típica y del gusto del hermano vergas; tampoco se quedó con el coro de “ella se llamaba Marta, ella se llamaba así” de la balada ridícula del hermano amargado, sino que, de buenas a primeras, llegaba a sorprendernos (me incluyo totalmente, a pesar de que tenía escasos y flacos siete años) restregándonos sus entradas para el próximo concierto de Peter Gabriel o Yes, y de presumirnos sus viniles de Deep Purple y Led Zeppelin, de Pink Floyd y de Il Balletto di Bronzo, o una foto que recuerdo vivamente de él mismo encerrado en su cuarto con pósters de variados músicos y bandas que en la vida había yo escuchado. Este tío desmadroso era el que, cuba en mano, resultaba irresistible para las tipas que en algún momento en que se aburrían de escuchar el monólogo del hermano vergas (“soy bien vergas, ¿ya te he dicho qué tan vergas me consideran todos estos pendejos?; no me digas que no soy una verga”) se desafanaban y se acercaban a conversar con este cabrón y todas sin excepción acababan riendo a carcajadas al son de la plática del tío desmadroso. Por ahí dicen que la vía más rápida de acabar metido en los pantalones de una mujer es la risa: mi tío el Junior era el campeón de los chamacos ilegítimos y nada parecía hacer decaer su ánimo nunca. Siempre estaba haciendo algún comentario sarcástico o pitorreándose de la gordura de su hermano vergas, o de pronto llevándose al amargado a chupar y consiguiéndole alguna pompi para que no se le marchitara el cuaresmeño. Yeah. Mi tío Ricardo, el Junior, era el tío que más queríamos los sobrinos, era nuestro propio y privado tío desmadroso.

No deja de sorprenderme cómo las cosas terminan rompiéndose, destruyéndose, bien por el paso del tiempo o bien por nuestras negligencias, estupideces y nuestro inefable ego, siempre presto para hacernos actuar a la defensiva y a ver al enemigo fuera de nosotros, cuando en realidad lo traemos dentro. Mis tíos no pudieron superar rencillas que poco a poco acumularon conforme fueron creciendo y (es un decir) madurando, al grado en que terminaron peleándose todos y mandándose a donde no se debe mandar a nadie por pendejadas. Al Junior le perdí la pista desde hace más de seis años, cuando decidió dejar de tener contacto con la empresa familiar y cansado de que de un tiempo a esa fecha se le considerara un simple empleado, y ni siquiera ya como hermano. No tardó en encontrar empleo, pues tenía muchos contactos y sabía moverse; siempre tuvo eso que se llama “don de gentes”. Finalmente decidió regresar hace unos meses; ignoro las razones que tuvo, pero no deja de parecerme escabroso que hubiera regresado para morir poco tiempo después, justamente el día de hoy. Tuvo un accidente en el cual resultó arrollado por el trolebús, siendo arrastrado varios metros, lo cual le generó múltiples hemorragias internas y un derrame cerebral del cual, junto a la diabetes que sufría desde hace quince años, no pudo recuperarse jamás.

Qué jodido sentimiento es este de “¿por qué no pasé más tiempo con él?; ¿por qué no retomé el contacto?; ¿qué he estado haciendo todo este tiempo?”. La vida es una mierda tan frágil que se escapa a la menor provocación, como un gato que está en tu regazo y en un segundo brinca y salta por la ventana sin avisarte. Perdí a mi tío desmadroso y a quien quise más que a los otros y ahora debo conformarme con decirle adiós por última vez antes de que lo entierren. He estado perdiendo a mucha gente últimamente y no precisamente porque estén muriendo, sino porque estoy haciendo las mismas pendejadas que hicieron mis tíos antes de este lamentable suceso: pelear por estupideces, anteponer al ego y esperar la reacción del otro para ver con qué nueva pendejada más agresiva responde uno. Yo, en este caso. En algunas supongo que es muy tarde para retomar el contacto; decidieron alejarse definitivamente (sus acciones me dejan entrever esto) y extinguir todo vestigio de relación, mientras que otras… no sé, supongo que deberé dejar que el tiempo haga lo propio y no fastidiar las cosas que llevo de ellas aquí dentro, pues, si el tiempo ya se encarga de arrasar con todo, no necesitamos arrojar gasolina innecesariamente a los recuerdos y las cosas chingonas que vivimos con la gente que se encuentra junto a nosotros en un instante preciso en el tiempo.

Dejo de llorar. Lo mejor que puedo hacer en este momento es tomar algo de la genial actitud del Junior y disfrutar la vida con la gente que tengo en este momento y… escuchar algo de la estupenda música que, sin siquiera imaginarlo ni proponérselo, me heredó.

– Wolfgang McNulty_

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Indígnate

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Para poder comenzar a hablar sobre el panfleto Indígnate, primero debemos comprender un poco el significado a palabra:

Indignación: s. f. Sentimiento de intenso enfado que provoca un acto que se considera injusto, ofensivo o perjudicial.

El autor hace un llamado a los jóvenes, a ti y a mi, ¿de cuantos años? no sé, supongo que más jóvenes que él. Eso es lo primero que llamó mi atención. El énfasis que hace respecto a los jóvenes, asumiendo, supongo, que a los jóvenes es a quienes va dirigida su opinión. A esos jóvenes que diariamente hacen como que hacen, como que les importa algo.

Hoy es un tema, mañana es otro. Hoy opinan de la guerra en Irak y mañana sobre la muerte de Jenny Rivera. Los jóvenes de hoy, tan comunicados y a la vez tan aislados. Todos opinando sobre el tema de moda. Hoy muy indignados por las corridas de toros, pero mañana otra vez enajenados por el partido de futbol.

Pero, ¿cómo puedo criticar estas conductas? ¿con que argumentos puedo confrontar esta constante y avasalladora pasividad cuando formo parte de ella?

Creo firmemente que primero, antes que indignarte con lo que sucede en el mundo, debes indignarte contigo mismo. Con tu total y completa empatía respecto a todo lo que sucede a tu alrededor, con tu falta de información, con tu falta de educación, con tu falta de conciencia, con tu flojera. Con tus pocas ganas de cambiar y tus menos ganas de mejorar.

Si todos comenzáramos con un pequeño ejercicio de autocrítica, quizá pudiéramos ver más allá de tus narices.

Pero si no podemos tomarnos 30 segundos para revisar la ortografía de un trabajo escolar, mucho menos vamos a pretender cambiar el mundo. Pero eso no nos interesa, supongo.

A mi edad, ya veo más jóvenes que yo a muchos de mis compañeros de trabajo o escuela y me dan mucha pena, tanta que a veces (solo a veces) me indigna la actitud tan derrotista y pusilánime con la que transitan su día a día. Y estos son los mejores casos. Resulta que la mediocridad es, en la mayoría de los casos, lo “mejorcito”.

Desde mi perspectiva, me resultan peores los jóvenes a quienes no les interesa absolutamente nada. Los jóvenes indiferentes, los que no aportan siquiera su ignorancia. Los que no les importa un carajo si Estados Unidos invadió otra vez otro país o si otra vez perdió el América. Indiferencia total.

Pero aún hay más. Los jóvenes, que desde los 5, los 15 o los 30, critican una y otra vez a los que (jóvenes o no tanto) manifiestan su indignación. Vociferan su descontento por el cierre de una avenida, señalan de huevones y mandan a ponerse a trabajar a los “otros” jóvenes que se manifiestan por alguna razón o alguna indignación, catalogándolos de facto como vándalos o delincuentes buenos para nada.

Están tan inmersos ya desde su juventud en el mundo productivo, que su ceguera histórica les impide ver que un indignado de hace 30 o 100 años, manifestándose de alguna forma, permitió que hoy gocemos de ese libre tránsito que tanto discute y defiende.

El solo pensar en esta faceta de ignorancia histórica que tienen, no solo los jóvenes, pero principalmente ellos, me deprime. ¿Estos son los jóvenes de los que habla el autor?

Quizá estoy siendo demasiado crítico o demasiado apasionado, pero duele ver que los jóvenes indignados con algo, sean la minoría.

Hessel recomienda encontrar algo que te indigne. A mi me indigna que la mayoría los jóvenes no se indignen absolutamente de nada.

Me indignan las actitudes derrotistas, me caga que siempre me digan que no se puede, que nunca nada va a cambiar.

Me indigna que no podamos reconocer los cambios que si se han hecho, gracias a algunos de los pocos indignados que en algún momento aportaron sus ideas, su trabajo o hasta su vida por la esperanza de que efectivamente, las cosas pueden cambiar.

Me indigna la poca o nula responsabilidad con la que afrontamos los problemas personales y ya no se digan los problemas sociales.

Me indigna que un anciano de 93 años tenga que señalarme que debo indignarme.

Me indigna mi propia ignorancia.

– Erik García

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¿Doble moral o negligencia de los “fanboys”?… no sé.

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¿Ya vieron “El Hombre de Acero”?, no, no me refiero a Tony Stark, sino a Clark Kent alias Superman.

Si eres de las 35 personas que no la han visto, entonces no leas esto porque contiene un enorme SPOILER de la película.

En serio, deja de leer.

¿Sigues aquí?, ok, sobre advertencia no hay engaño… ¡¡¡ALERTA DE SPOILER!!!

Después de la odisea emprendida por Clark para entender quién es, de donde viene y lo que quiere ser, sabemos que descubre la nave de las capsulas abandonadas y la “memoria” de Jor-El.

Descubre que su planeta murió, algo de un códice, que lo del sol amarillo blah bla blah… Y el despiadado General Zod, líder militar de Kryptón que dio un golpe de estado en su afán de proteger a su pueblo.

Sabemos que Zod siguió a Kal-El (Clark) hasta la Tierra y quiere aprisionarlo, así que, Clark se ve en la necesidad de entregarse para no dejar que la gente de la tierra muera… según…

La discusión empieza aquí:

Durante la batalla clímax tenemos dos puntos a tratar, dos puntos que los fans más hardcore de Superman han discutido/reclamado a muerte:

1.- Gran parte de Metrópolis es destruida hasta sus cimientos y en consecuencia, mucha, mucha gente murió/resultó lesionada.

2.- Clark/Superman mata a Zod, rompiéndole el cuello.

Esto requiere de contexto, Clark lo tomó por el cuello para someterlo, y en su desesperación Zod intentó asesinar a una familia con sus rayos térmicos que lanza por los ojos, Superman no tuvo opción más que asesinarlo, para salvar a la familia, todo en cuestión de segundos.

Ahora, la contraparte.

1.- Superman no puede estar en todos lados, aun con la ayuda de los militares, quienes no tienen ninguna posibilidad contra Zod, Faora, Nun y demás compinches… Era obvio que al activar la máquina de terraformación sobre la ciudad causaría estragos mientras el héroe estaba al otro lado del mundo lidiando con la segunda máquina. Además de que es una nueva visión del superhéroe, más realista, menos fantasiosa. Superman no puede salvar a ¡¡¡TOOOOOOOOODOS!!! ¡¡¡7.000.000.000 SON UN CHINGO!!!

2.- El momento cumbre, lo que NADIE, repito, NADIE se esperaba: Superman mata a Zod, lo desnuca como diríamos “acá”. Esto ha sido lo más criticado y discutido del asunto.

Hay una legión de fans de este super héroe pegando el grito en el cielo, “¡Superman no mata!” “¿Cómo es posible que hayan destruido al héroe de esta manera?” “¡Lo odio!”… y demás comentarios de la misma índole.

¿Acaso olvidan que Superman mata a Zod en Superman II y (en mi opinión) de una manera cobarde?

Le quita sus poderes, y ya indefenso, le destroza la mano para después arrojarlo al vacío en su Fortaleza de la Soledad. Incluso Lois le mete un buen puñetazo a Ursa… quien termina igual que Zod.

¡¡¡Todos amaron esa película!!! ¿Por qué nadie se quejó? ¿Por qué no tacharon al Superman de Christopher Reeves de asesino? ¿Por qué nadie armó un escándalo diciendo que no se apegaba al comic? ¿Por qué siguen adorando esa película de Richard Donner?

Si tan fans de son de Superman, no pueden haberlo olvidado….

O se hacen de la vista gorda… o no saben tanto de Superman como creen.

-Olhaff

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@MikhailOlhaff

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Fuera del paraíso

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Me despierto todos los días para ir al trabajo pensando la misma mierda: oh, carajo, ahí va a estar ella. Lo que hace unos meses me hacía mover las nalgas al doble de rápido para bañarme, peinarme, zorrajar el cepillo de dientes hasta las amígdalas para mantener el hocico fresco, rasurar mi bigote (ralo) y buscar la camisa que me hiciera ver más papaw ahora se ha convertido en una frase que sale desde el fondo de mis caprichosos intestinos y que me hace tardarme más tiempo en la regadera sin siquiera haberme introducido la punta del estropajo en el ano para remover los restos de la caca matutina: oh, carajo, ahí va a estar ella.

Decía Ruy Xoconostle en esa preciosa mini joya de la literatura mexicana que es “Pixie (3)”, en el diálogo que sostienen dos de los protagonistas:

– ¿Nunca tuviste miedo de tener problemas por meterte con alguien de la oficina?
– Querido, siempre hay problemas. Preferible tenerlos con un buen acostón.

No dudo de Ruy, ni de la sabiduría de quien haya proferido la última frase del diálogo citado (considero justo conferirle vida propia a las creaciones del sujeto que haya tenido los huevos o la falta de precaución de haber creado por medio de su escritura a alguien que parece pensar por sí mismo); lo único que digo es que a mí me está llevando la chingada porque, para ser la primera vez que me meto con alguien que trabaja en el mismo sitio que yo, siento que desde que todo terminó hace más de dos meses, es como si hubiera perdido mi lugar dentro de ese microcosmos donde paso ocho horas al día, cinco días a la semana aplanándome las nalgas, pues es lo mismo que debió haber sentido el buen Adán cuando Dios lo corrió a la verga del paraíso por andar haciendo caso a lo que la cabrona de Eva le dijo: “chíngate una manzanita. Total, siempre hay problemas”.

Meterse con alguien del trabajo es una cosa de lindos, tampoco voy a quejarme de todo. No tiene madre estar bien vigilados por algún jefe, o por las cámaras de seguridad, o por los soplones de tus colegas, y de pronto acercarte a tu pompi y meterle una mano en el sostén mientras le plantas un beso furtivo que le destape las muelas del juicio (si las tiene). De hecho, cuando sea vicepresidente de la compañía, decretaré que todos los días, todos los empleados deberán darse diez minutos para darse un faje hasta ruborizarse o mojarse los calzones -lo que ocurra primero-, pues en mi particular caso descubrí que hacer eso hacía que las ocho horas que pasaba ahí adentro (de la oficina) se me fueran más rápido y que, paradójicamente y contra lo que pudiera pensar cualquier CEO obsesionado con la productividad, hacía mejor mi trabajo y los clientes podían sentir mi sonrisa aunque se encontraran de viaje en Estambul.

Salir de la oficina y esperar pacientemente a tu pompi para llevártela a chupar, al cine o a terminar bien lo que empezaste con los besos y las dedeadas de camel toe es algo que ningún godínez que se precie de serlo debería perderse. Oh, sí. Lo recomiendo ampliamente. Más aún si eres soltero y no tienes a nadie que te esté chingando por teléfono reclamando tu presencia. Compadezco un poco a esos pobres desgraciados que tienen que estar viviendo una doble vida y midiendo el tiempo para repartirlo apropiadamente entre sus obligaciones maritales y la pompi de la oficina. De verdad espero nunca tener que estar en esa jodida, miserable situación. Que no te creas, amigo, si tu estás en ese caso: si ya te han echado del paraíso, la filosofía que te queda es decir: a chingar a su madre. Tengo ganas y me voy a servir; con permiso, ábranse a la verga.

Todas las relaciones tienen su puntos álgidos y sus bemoles, sus crestas y sus valles, sus… Bueh, ya me han entendido. Antes de que yo me involucrara con esta chica de la oficina había sido testigo de algunos casos de pendejos que habían terminado dando las nalgas desesperadamente por colegas putitas hasta el punto de dar por terminados sus matrimonios de toda la vida. Otros, en cambio, simplemente se hartaban de la pompi y se conseguían a otra nueva, o se daban unas merecidas vacaciones de panocha antes de que se les secara el chile o cuando eso amenazaba su posición en el trabajo. O cuando la vieja empezaba a crearles problemas con su familia o en la oficina misma. En ambos casos, claro, se quedaron sin la pompi. La diferencia es que en uno de los escenarios los tipos utilizaron el cerebro y en el otro decidieron que lo mejor era utilizar la víscera.

Dar por terminada una relación debe ser siempre algo que duele en alguna medida. El tema, creo, es considerar que no sólo se está terminando una relación con una persona, sino considerar también que esa persona seguirá estando presente en un lugar que, según las estadísticas, es donde se pasa más tiempo que en ningún otro (rivalizando con el sitio 789 de la fila de autos en medio del tráfico, de camino a la casa) hasta que a alguno de los dos lo corran, o se cambie de área, o muera. Y ya que desear la muerte de alguien es un método que considero un poco radical, se necesita hacer acopio de sensatez y decir: bueno, easy comes, easy goes. Se acabó la fiesta (es la misma frase que aplico cuando la droga se ha terminado y aún así quieres un shot más, aunque conseguirla ya es imposible); es hora de dormir, de moverse o de conseguirse otra pompi de oficina.

Sobre todo, eviten enmorarse de la pompi. No es que sea una cosa que sea exclusiva de la oficina. Sólo digo que, si mantienen la cosa en un nivel de diversión y simple goce, las cosas serán más suaves de lo que se vuelven cuando se vean en la penosa necesidad de terminar una relación en la cual se dan cuenta de que están involucrados algo más que un par de vísceras. Desarrollar afecto y preocupación por una persona conlleva riesgos; sólo piénsenlo dos veces e imagínense que, por complicaciones derivadas de una relación fallida, estén en el escabroso escenario de firmar una renuncia o, como es mi simpático caso, recordar los viejos buenos tiempos en que la pompi era la mejor amiga de la oficina a quien saludabas antes que a todos oliendo su cabello y fantaseando “¿qué tal olerá su coño?”.

Así se siente estar fuera del paraíso.

– Wolfgang McNulty_

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Quiero conocer a…

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Recientemente, el 1 de julio del presente año para ser más exactos, se llevó a cabo la premier en México de la más reciente película de Guillermo del Toro, Pacific Rim (Titanes del Pacifico), nada más y nada menos que en Reforma 222 (“dos veintidós”) pa’ los que comúnmente lo conocen así.

Era de esperarse que asistiera el mismísimo Guillermo a la presentación, como en cualquier otra premier asiste parte del elenco, yo por seguir a Ron Perlman en Twitter, y andando de stalker en sus twitts, vi la foto de él al lado de “Memo” en un avión camino a “Mexico City”, era increíble, el mismísimo Chico Infernal (Hellboy) viniendo a mi país, a mi ciudad…

Pero me decepcionó saber que Idris Elba (morenazo inglés de gran carisma y talento actoral… y si no me creen chéquense Rock n’ Rolla) no vendría… Sí, me gusta… pero como actor, no sexualmente, seamos claros.

Hoy 11 de julio, discutiendo con un amigo, (¡Hola Erik!) que tuvo la fortuna de ir a la premier y ver la película, le pregunté si se tomó una foto con “Memo” y dijo que no sabía que había estado ahí… (¿Cómo no esperar a ver al director de la película en la premier?) En fin…

La pequeña plática va más o menos así:

-También tienes una foto con memo??

-No, eso estuvo increiiiiiiible ,deberías verla es la neta del planeta creo que es lo mejor de mechas ever

Oye y cuál es la historia de la foto con Del Toro?

– Michelle

– Si, ya sé

– Pero dónde?

– En la premier de la peli.

– Oh

– Yo no sabía ni que había ido ese wey…

 – jajajajajaja

– También Ron Perlman

– Yo habría querido más una foto con el chico infernal que con Guille

 – Tssssssssss

– Yo no sé

– Bueno…

– Con ambos

– jejeje

– Pero es que no todos los días Ron Perlman visita este país

– Por eso es… más especial

– Además es Hellboy, que otra razón quieres

– Pues ese Del Toro ya está en las grandes ligas

– No te sorprenda que termine dirigiendo estar wars o algo así.

 – Si pero a ese wey lo puedes ver un tanto más seguido por estos lares

– Pero no a Ron

Disculparán las faltas de “horrografía”, pero así se suscitó la plática en el chismebook…

Después de tanto choro mareador, ustedes dígannos, ¿A qué celebridad les gustaría conocer? Personalmente en mi lista están: Tom Hanks, Jennifer Lawrence, Charlize Theron, Tom Hardy, Benedict Cumberbatch, Crhis Nolan… y un montón más…

– Olhaff

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Plegaria

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Proclama mi alma la grandeza del Señor y se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador.

Lo confieso. Nunca he sabido decir “gracias” ni mirar a mis interlocutores. Sé que suena gastado, vano y estúpido pero… soy un misántropo. ¿Cuándo me di cuenta de ello? No lo sé. Simplemente, en algún momento, una inmensa y terrible nausea se apoderó de mí, acrecentándose al tiempo e influjo de mis interacciones humanas.

Podría decir que he vivido en tierras de invidentes. Desde el más remoto recuerdo que tengo, las experiencias se suceden una tras otra como los negativos que se arrollan en una lata de película. Pero es una película que nadie, ni mi madre, querría mirar. También ella nació ciega. También ciega murió.

A los cinco años, me lancé a lo que fue mi primer tentativa de establecer un vínculo amistoso. En la esquina de mi calleja, vivía Argenis, un chiquillo de mi edad lleno de pecas y bastante famélico. Su madre lo llevaba diariamente al colegio enfundado en una especie de gabardina fabril, tosca, raída, deprimente. La mirada de Argenis siempre estaba en un lugar cualquiera, solo que ese lugar nunca era aquél en el que su cuerpo y el de su madre se balanceaban como renqueando sobre el duro pavimento. Haría cuestión de meses que los observaba en su diaria soledad, yendo y viniendo sin más compañía que la que se prodigaban a sí mismos. Por mi parte, no podía presumir una mejor suerte; la soltería de mi madre y su terca convicción de que podía criarme sola, la mantenían en una especie de esclavitud pasiva y provisora. Pasaba solo dieciocho horas al día, hasta que mi madre llegaba y sumamente exhausta, se tiraba a dormir. Fue en la soledad de mi cuarto, que aprendí a escuchar la marcha de las hormigas, su paso marcial, sutil.

 A riesgo de crudas reprimendas, a veces salía de casa y caminaba por las callejas del barrio San Antonio. Era este barrio, con sus construcciones antiguas y el río que lo cruzaba, mi favorito. Fue allí donde a la postre, viviría mi breve vida a lo Maldoror, aprendiendo a renegar de la vida, a odiar al hombre, esa plaga humana que todo lo devora y excreta sin digerir. Una de aquellas mañanas en que la escarcha de Enero cubre los árboles, encontré a Argenis sentado en una banquilla, tenía el cuerpo recto y la barbilla levantada como si venteara algún aroma. Pasé juntó a él, me volví y finalmente me planté frente suyo. Miré sus ojos platinados y su tez salpicada de manchones cafés. Hablé:

–Hola

Sin respuesta.

–¿Cómo te llamas? – Espeté

Nada. Expectante, permanecí cerca de dos minutos. Decidí romper el silencio. Así que grité:

–¡Vete a la mierda! 

Y así concluyó mi experimento de socialización más temprano. Porque Argenis además de sordo, era ciego. Ciego murió.

Llegué a la adolescencia en una convulsión sentimental tristemente hierática. La ausencia de amistades y una continua encerrona me redujeron a una solemnidad espantosa, de carácter acre y abulia corrosiva. Los condiscípulos evitaban toda compañía mía, viviendo en un mundo en el que yo no existía y si, a pesar de la nausea osaba acercarme y lanzar un saludo, los veía segregarse sin que mis palabras tuvieran efecto. Refugieme en mi condición fantasmal, en el intensivo acumular de lecturas oscuras y paseos en solitario.

Tiempo después, vagando por lo que quedaba del barrio San Antonio conocí a Matiana. Cuerpo grácil, senos firmes, la boca pequeña. Una piel chocolate y la cabellera crespa. Tuve que robarle a mi madre el sueldo de dos días para poder estar con ella. Sí, Matiana era una puta. Pero una puta divina, una Magdalena. La frecuenté, la ensalcé, la redimí, la erigí de mulata hetaira a divino arcángel de mis anhelos. Pero tampoco para Matiana eso importaba,  porque sólo atendía y amaba la crueldad de su proxeneta. A mí no podía verme. Estaba ciega. Y ciega murió.

La cruel incapacidad del hombre de ver a su semejante se posaba en aquellas personas que elegía como  redentoras. No había alternativa, nadie era capaz de ver a nadie y mucho menos a mí. Un intenso odio apresó a mi conciencia, alma y corazón. Renegué, blasfemé, me revolqué en el lodo y maldije mi condición humana.

Hoy me encuentro aquí Señor, pidiendo tregua a mi eterno sufrimiento, en busca de tu gracia y atención.

Si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela: más vale entrar manco en la Vida que con las dos manos ir al fuego que nunca se apaga. Lisiado, entrar al Paraíso completamente mutilado, porque Marcos en nombre de Nuestro Señor así lo sentencia.

Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo: más vale que entres con un solo ojo en el Reino de Dios que ser arrojado en la gehena con los dos ojos. Y los ojos que no ven, ¿cómo podrían ser ocasión de pecado? ¿Cómo redimir a estos órganos que conservo conmigo desde el día que los arranqué de las cuencas de sus depositarios? ¡Oh, Señor, en nombre de San Marcos ruego des misericordia a mi furor! ¡Sólo quería que me miraran! ¡Sólo quería dejar de ser invisible a esos ojos que me negaron su luz! Porque he vivido en tinieblas, porque nunca ojos algunos osaron mirarme. Oh, y los ojos de mi madre.  ¡Tan bellos, tan diáfanamente bellos y ciegos para mí! ¡Porque no quisieron mirarme ni aun cuando el velo del sueño se descorrió frente a ellos para ver, en cambio, el  punzón agudo y terrible que los extirpara!

Mis ojos están gastados de sufrir; se han envejecido a causa de todos mis angustiadores. De nada sirven mis ojos en tierra de invidentes. Toma Señor, a cuenta del Paraíso, mis cuencas vacías.

Confieso me perdonarás por tu infinita misericordia.

– Jorge Luis Santiago Cabrera

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